Incautaciones sacuden al paraíso mexicano de TULUM

TULUM, México — Para cuando Renaud Jacquet llegó a su complejo de villas de alquiler en la playa, los invasores allanaban sus edificios, vaciaban las habitaciones y depositaban los muebles afuera. Un hombre deambulaba por ahí con una botella de vino de su propiedad en sus manos. Se vivieron escenas similares a lo largo de la costa caribeña en Tulum en junio. Cientos de hombres que trabajaban para una firma de seguridad —cargando palos, tubos de metal y machetes, indicaron testigos— invadieron 17 propiedades, entre ellas hoteles, viviendas privadas, boutiques y un club de la playa. Desalojaron a todo el mundo, incluyendo a turistas, algunos de los cuales habían sido despertados. Las invasiones fueron autorizadas por un juez. Los desalojos que han sacudido a esta población turística y manchado su imagen como un retiro tranquilo fueron las expropiaciones más recientes ordenadas por un tribunal. Desalojos similares tuvieron lugar en 2009, 2011 y 2013. Algunos en este lugar, entre ellos propietarios de los negocios afectados por las incautaciones, dicen que los desalojos han expuesto una terrible verdad sobre Tulum: que este edénico tramo de costa en la Península de Yucatán difícilmente es inmune a la clase de problemas que aqueja al resto de México. La corrupción y un sistema legal opaco, argumentan estos residentes, amenazan con arruinar un paraíso mexicano. En el centro de la disputa están reclamos rivales de tierras que se remontan a hace décadas. Los dueños de negocios que han sido desalojados dicen que se les está robando su propiedad frente a la playa a través de un complejo sistema de fraude que involucra escrituras fraudulentas de tierras, contratos falsos y violaciones del debido proceso facilitados por funcionarios gubernamentales y jueces corruptos. La escasez de registros públicos, afirman los propietarios de los negocios, ha dificultado aún más que defiendan sus reclamos de propiedades. A principios de la década de 2000, el área frente a la playa de Tulum estaba muy poco desarrollada, sin servicios pú- blicos ni servicio de telefonía celular, pero atrajo a emprendedores. Empezaron a aparecer hoteles sencillos y abrieron boutiques y restaurantes. La atmósfera era relajada, despreocupada y divertida. También había un respeto poco riguroso a las reglas. Nuevos hoteles y viviendas se construían sin los permisos gubernamentales necesarios. Y cuando se obtenía el permiso, a veces era a través de sobornos. La invasión en junio pareció tomar a los afectados por sorpresa. Las propiedades confiscadas son vigiladas por los hombres que efectuaron los desalojos. Arrancaron los letreros de los negocios, cerraron las rejas con candado y las entradas con ladrillos. Una noche reciente, circulaban rumores de un complot entre residentes disgustados de Tulum para iniciar su propia invasión y expulsar a los guardias. Se hablaba de una fuerza paramilitar de 300 a 400 personas. El día siguiente, unos manifestantes bloquearon dos caminos críticos en Tulum por más de una hora, paralizando el tráfico. En cierto momento, un grupo de hombres saltó el cerco de una de las propiedades. Los testigos dijeron oír los sonidos de un enfrentamiento, y los hombres fueron repelidos. Poco después, los manifestantes se dispersaron y, al atardecer, se reiniciaron los usuales ritmos relajados de la vida play

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